Quizás como manera de resaltar las complicaciones de la gramática, el futuro simple fue también bautizado con el nombre enigmático de “futuro imperfecto”. Frente a este, nuestro paradigma verbal nos ofrece otra alternativa: el “futuro perfecto”, lo que -en última instancia- nos permite asumir dos posturas diferentes para hablar de aquello que vendrá.

El futuro imperfecto expresa acciones de resultado incierto, justamente de la clase que vive un empresario cuando decide sobre su negocio. Asimismo, implica la noción de pro-yecto, supone estar lanzado hacia el futuro con la necesidad de gestionarlo, describe acciones en curso, una verdadera continuidad en el futuro. Por el contrario, el futuro perfecto indica un tiempo que “ya pasó”. “Para cuando los mercados caigan, yo habré tomado mis recaudos”, acostumbra especular los financistas, prisioneros de su propia arrogancia. Esta forma verbal nos sitúa en el futuro sí, pero con una dinámica que pertenece al pasado. El futuro perfecto es el preferido de los empresarios que planean pensando solo en el pasado. El futuro imperfecto es, en cambio, el tiempo de todos aquellos que se pro-yectan hacia adelante, dispuestos a gestionar la incertidumbre implícita en él.

Hasta hace poco tiempo, todo era cuestión de establecer una estrategia adecuada, basándose en presupuestos relativamente confiables, planeando y haciendo apuestas inteligentes de acuerdo con ese futuro perfecto. Era un futuro que podía enmarcarse con relatica certeza. Si se realizaba una buena gestión, solo era cuestión e cosechar los resultados. Hoy la incertidumbre nos envuelve. Los tiempos se han acortado al punto que, para algunas empresas, el año es el largo plazo. Ya no hay pitonisas ni oráculos. Las bolas de cristal estallaron como las burbujas informáticas, inmobiliarias y financieras. Hoy nos enfrentamos a un futuro imperfecto.

Por eso, más allá de la gramática, el futuro imperfecto tiene otras resonancias. Alude a la “imperfección” de la realidad frente a la de aquel futuro perfecto que habíamos imaginado. Ese futuro soñado no es otra cosa que un modelo, una representación de cómo quisiéramos que se viera el mundo de mañana. Los modelos son poderosas herramientas de gestión pero, cuando nos dejamos seducir por su belleza, corremos el riesgo de ser golpeados por el tosco mundo de lo real. Por todas estas causas, este libro trata sobre el futuro imperfecto ya que, finalmente, ¿Quién necesita gestionar pasado?


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